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14 abr 2010

Presentación 'Luz de Luciérnagas'


El pasado lunes, Edson Lechuga presentó lo que es su primera novela 'Luz de luciérnagas' en la librería La Central de Barcelona. La presentación corrió a cargo de la escritora Lolita Bosch secundada por Pablo Raphael y por el propio autor.


Conociendo a Edson y por las pocas páginas que he podido leer, la prosa que nos regala es exquisita y seguro que será una obra que no dejará indiferente a nadie. Si alguien quiere leer algo de él, le recomiendo su blog: http://yonosoyedsonlechuga.blogspot.com

3 mar 2010

Manual para aspirantes a generación Ni-ni ::: III

exige más dinero [con la semanada no te llega para nada]. reclama un coche, o moto, o ciclomotor [aunque no tengas carnet]. pon un toro o un burro en él/ella. apúntate a un gimnasio. ponte una camiseta blanca de algodón y de tirantes para ir. no lleves toalla si te lo exigen [tú nunca sudas]. sigue sin ir a la escuela. si te ven por ahí, el profesor no ha venido. organiza un botellón todo fin de semana. aprovecha para echarte algún canutillo. pero no compres tabaco.

28 feb 2010

Manual para aspirantes a generación Ni-ni ::: II

el lunes recupérate del fin de semana. cómprate una gorra. coloca la visera de lado. siempre que salgas, lleva el móvil con música máquina. nunca aceptes un curro [siempre te explotarán]. cuélate en el tren. pon los pies sobre los bancos. cuélate en el metro. pon los pies en los bancos. visita a menudo McDonald’s. deja los cartones y papeles en la plaza [a poder ser a pie de una papelera]. los pantalones, bajo las nalgas. las nalgas, bajo unos Calvin Klein blancos. sigue gorreando el tabaco.

25 feb 2010

Manual para aspirantes a generación Ni-ni ::: I

no te matricules en ningún centro de estudio [y si lo estás ni se te ocurra pasarte por él]. no busques trabajo. niégate si te lo ofrecen o déjalo, si lo tienes. haz caso omiso ante lo que te digan. hazte fuerte en casa de tus padres. sigue pidiendo la semanada. busca una plaza, con banco y/o columpios. reúnete ahí con los colegas. busca quién te facilitará el hachís. no te levantes antes de las once. si te preguntan, di que hoy no hay clase. gorrea el tabaco que fumas.

6 feb 2010

El sonido del miedo ::: 3

Recuerdo la última carta que mi padre envió a mi madre desde el frente hacía ya un año. Le informaba que su destacamento estaba siendo literalmente machacado por un enemigo muy superior, más en material que en hombres, y del cual era realmente consciente que nada más podían hacer contra aquel ejército nacional que con la ayuda de bombarderos alemanes desmoronaban tanto ciudades como ciudadanos, sin discernir cuál era su papel en aquella fraticida batalla. El destacamento republicano del cual formaba parte, conocía ya que únicamente intentaban poner algún tipo de impedimento. Que el valle del Ebro iba a ser su fin como el mío lo iba a ser esta celda. Sabían que estaban destinados a una derrota segura. Allí todos se sabían cadáveres –mi padre así se lo hacía saber a mi madre en la misiva-. Sólo era cuestión de tiempo en que el ejército republicano debería claudicar o morir en la batalla. Mi madre me leyó aquella carta, con sus ojos rojos bañados en un río de lágrimas. El nos anunciaba entre líneas que jamás lo volveríamos a ver. Ni vivo ni muerto. Y ambos lo supimos desde el mismo momento que leíamos aquellas palabras escritas de su puño y letra. A partir de entonces, creo que más con el corazón que con la cabeza decidí que debía ser yo ahora quien debía ir al frente. A luchar contra el monstruo fascista. A vengar la muerte de mi padre. Por el amor que tenía a mi padre. Siempre hay cosas que se hacen porque el corazón así te lo dicta. Siempre he creído importante actuar según los designios del corazón, dejando al margen lo que una mente racional te aconseja. Cuánta y cuánta gente está muriendo por un país y por unos ideales, únicamente porque su corazón se lo indica. Y yo, mañana mismo, voy a ser otro más en una lista infinita. Tanto por un bando, como por otro. Formando parte de unos figurantes imprescindibles para representar una tragicomedia indecente, mediante la cual se iba a tratar de transformar un dantesco escenario por otro mucho más idealista, para unos hijos ya huérfanos, a quienes el guión les ha dado la oportunidad de tenerlos, incluso para los privilegiados que los pudieron ver crecer. A tantos muchos como yo, que ni tan sólo pudimos verlos nacidos.

La carta de mi padre funcionó como el resorte que me hizo decidir que iba a ser yo quien iría al frente a sustituirlo en la inmundicia de las trincheras. En la lucha por una ideología ininteligible y por la que no entiendo cómo puede llegar a dividir tanto a un mismo pueblo hasta alcanzar la tesitura de matarse por algo, que sólo presuntamente, se dice mejor. Y seguramente lo será para sólo unos pocos.

Mi ignorancia y mi corazón me lanzaron a un incomprensible frente. Y los otros harán que no regrese jamás. Y mi madre volverá a recibir otra última carta. Y la leerá, esta vez en la soledad de un frío hogar. Un olvidado hogar. Bajo los recuerdos que fuimos capaces de regalarle tanto mi padre como yo. Y múltiples recuerdos que seguro le volverán a venir a la memoria. Y ríos de lágrimas que volverán a brotar de aquellos grandes ojos verdes, teñidos nuevamente al rojo, entre la sombra de un insomnio mal curado y un dolor exacerbado.

Seguía con aquel cruel sonido manchando mi mente y del que ya jamás seré capaz de huir.

Para aquel entonces, yo habré cambiado el sobrecogedor sonido de la puerta metálica cerrándose tras de mí, por el estruendo frontal de las armas del pelotón de fusilamiento de los verdugos, y del que ya jamás seré capaz de huir.

3 feb 2010

El sonido del miedo ::: 2

Mis ojos comenzaban a acostumbrarse a la penumbra de aquella fría celda mientras sus intimidades se aparecían frente a mí. Aparte de la ventana, extremadamente elevada para impedir que nadie pudiese asomarse en ella durante más tiempo del que aguantasen sus brazos anclados en los gruesos barrotes oxidados, y un camastro totalmente desmadejado, comenzó a aparecer la imagen de una letrina en la otra esquina de la habitación. De allí provenían los fuertes olores de orines y heces que invadían aquel pasillo. En medio de la celda, comenzó a surgir una robusta biga de hierro que parecía colocada ahí, caprichosa, con la única función de ayudar a los presos a lograr la baja voluntaria de aquella putrefacta pensión.

Sobre aquellas paredes, más sucias que la tez de un carbonero, lograban discernirse los diferentes nombres de algunos de los presos que por allí habían pasado en los últimos meses, o quizás los años en los que llevábamos de lucha, algunas rubricadas con las fechas del momento en que fueron plasmadas, a modo de epitafio. Me acerqué a la pared para leer aquello que se encontraba escrito en ella. Era un abominable “Arriba Franco, caudillo de España” y que nadie había osado tachar, como si este alojamiento hiciese perder cualquier ideología o convicción por lo que había luchado a quien se hospeda. Como si todo por lo que hubiera sufrido y por lo que fuese a morir frente al batallón careciese de cualquier importancia. Nada importa ya cuando alguien alcanza habitar una de esas celdas.

Me estiré sobre el viejo camastro. Un monstruoso animal rugiendo parecía engullirme en lo más profundo de sus fauces, el nuevo ruido se sobrepuso al terrible golpe del portón, el cual seguía manteniéndose presente en el trasfondo de mi cerebro. El chirrido de muelles fue difuminándose también y poco a poco fui capaz de tener algunos recuerdos de otras cosas significativas, que durante aquel año en el frente, me habían sucedido y que como consecuencia de ellas, que han sido las responsables de hacerme madurar como persona. ¡Qué situación tan triste la mía! Ahora, que creo que puedo declararme una persona madura a costa de todo lo que un muchacho de diecinueve años como yo ha vivido, y a la que la experiencia de una guerra por unos extraños ideales, y de los cuales todavía no comprendo claramente, y que creo que jamás alcanzaré a comprender por muchos años que pueda subsistir. A pesar de las vivencias que te ofrece un cruel frente militar; ahora, justamente ahora, llego al fin de mi existencia. Una existencia corta. Una existencia intensa.

Sobre el camastro, me ha vuelto a mi mente el momento en el que decidí alistarme con las milicias republicanas para luchar contra un ejército sublevado desde África, como si nuestra capacidad humana pudiera ser superior a la capacidad bélica de los militares dirigidos por el general Franco. Nuestra participación en ella estuvo desahuciada desde un principio y el grado de sufrimiento venía determinado por el tiempo que hacía que las personas nos hallábamos en el frente, como ante todo a las familias, tanto el bando republicano como en el nacional. Mientras dure la lucha, no lograremos escapar del sufrimiento en el que nos hallamos inmersos desde hace casi tres años.

31 ene 2010

El sonido del miedo ::: 1

El sonido hueco y sobrecogedor de aquella puerta metálica al cerrarse me acompañó por completo la que sabía, iba a ser mi última noche con vida. Mi último día, acababa de concluir. Yo, lo habré hecho mañana. Cuando el sol vuelva a renacer tras el horizonte, sólo quedará de mí el recuerdo; sólo quedará de mí aquello que intenté ser pero no me dejaron. Las personas nos hacemos con el paso del tiempo, y a mí los nacionales me han prohibido que siga siendo, que quede olvidado como un casi adolescente más, alistado en un incomprensible frente, al lado del bando republicano por cuestiones de azar más que por cualquier ideología. Una ideología incomprendida para el joven que soy y de la que era imposible que la pudiera entender por ningún tipo de conocimiento.

La celda se hallaba sumida en una tétrica penumbra, bajo la escuálida luz que facilitaba una lámpara de carburo seco, que unida al foco frontal a la que mis pupilas se habían enfrentado durante horas en los diferentes interrogatorios a los que había sido sometido durante la jornada, hacía que me encontrara inmerso en una casi total ceguera. Lo único capaz de distinguir, aparte de la silueta de la luz, era el pequeño hueco de una ventana y un gran bulto cuadrado arrinconado en la pared que supuse que sería el camastro de la celda. Mis pies se habían quedado clavados en el mismo punto en que entraron en contacto con la humedad de aquella celda. Miro a un lado. Miro al otro. Trato de discernir qué era lo que me rodeaba, dilema que en sólo algunos minutos resolvería.

El portazo me erizó los finos vellos de mis brazos. Mi estómago se hallaba revuelto, apretando como queriendo salirse de mí, mientras el eco eléctrico y metálico de la puerta continuaba resonando en mi interior, anulando cualquier otro pensamiento. Un sudor frío recorría mi frente. La musculatura de mi columna me exprimía provocándome contracciones en la parte alta de mi espalda. Podría decir que el golpe de aquella puerta representaba el sonido del miedo. Siempre había pensado que el miedo únicamente podía sentirse. Nunca me hubiera creído capaz de poderlo oír. Constaté que el miedo podría tener un sonido. Seguramente no el único, pero sí uno de ellos. Una puerta, gruesa, vieja, metálica, cerrada bruscamente tras de uno, enclaustrándote irremisiblemente entre unos pasillos casi oscuros, sin aire, un hedor de orín que te invadía las fosas nasales, una humedad que con el tiempo te calaba hasta los huesos, tornándose al rato en frío casi lascivo; unos pasillos como fauces, de los que sabes que serán los últimos que atravesarás antes de afrontar los cañones de un pelotón de fusilamiento. Tras ese ruido, poca vida más cabía en mi interior. Y el ser consciente de ello, te provoca que un nudo en la garganta te vaya constriñendo poco a poco como si unas manos te lo apretaran irremisiblemente. Mi historia estaba llegando a su fin. Poca esperanza cabía en mí, era un vivir por vivir. Era un vivir para morir. Al igual que todos los que allí estuvieron antes que yo y que supieron que su camino terminaba en ese lugar: o frente al pelotón fascista o dibujándose su propio final voluntario.